Gobiernan a la Argentina como si fuera un país de mierda.

HAY OTRO CAMINO, HAY OTRO FUTURO

El presidente Mauricio Macri cumplió 32 meses en el poder: ya transcurrió más tiempo del que le resta hasta llegar al final de su mandato. En este período, el gobierno de Cambiemos se encargó de mostrarnos qué es y en qué consiste su legado. 

No sólo renegó de la “herencia recibida” sino que fue más lejos. A diferencia del neoliberalismo de los noventa, no piensa al Estado como el problema principal. Para el macrismo el problema es la sociedad argentina, a la que considera el principal obstáculo para alcanzar una supuesta “modernización”.

En consecuencia, se plantea a sí mismo como un hecho fundacional que busca desarmar “hábitos populistas” (instalados desde hace 70 años, pero también con referencias negativas a “los últimos 35 años”) rechazando un conjunto de prácticas, voces, procesos y memorias de la sociedad. Aspira así a iniciar una reorganización de la cultura, la política, la economía y en definitiva de la estructura social. Quiere volver a un orden y una dinámica política que existían antes que la inclusión democrática abarcara al conjunto de la sociedad. 

 Esta concepción, profundamente ideológica, busca reformular las jerarquías sociales y proponerle a la mayoría de los ciudadanos un horizonte de resignación de derechos. Da por supuesto que en el país se derrocha energía, se malgasta el agua, que los argentinos buscan “el atajo” y la corrupción o que no dicen la verdad. Ese diagnóstico motiva un conjunto de políticas públicas que están conformadas por acciones pero también por omisiones. Por intervenciones y por un retiro por parte del Estado. Por una administración pública que es conducida con firmeza para beneficiar a ciertos sectores, pero con displicencia y hasta con una liviana vagancia en otros casos. Gobiernan a la Argentina como si fuera un país que debe achicarse, “sincerarse”, avergonzarse, retraerse. Gobiernan a la Argentina como si fuera un país de mierda.

Pero no: la Argentina no es eso. No es necesario cambiar la cultura política ni los hábitos de consumo de las argentinas y los argentinos. Lo que hace falta es orientar al Estado y adoptar políticas que protejan los derechos y estimulen la actividad creativa de nuestros y nuestras compatriotas. Una historia de conquista de derechos, protagonizada por una sociedad activa y movilizada nos enseñó que es posible. Incluso en medio de todas las tensiones que atravesaron al país en las últimas décadas y luego de situaciones de alto conflicto, supimos consolidar avances y sostener la democracia.

Convencido de que la sociedad argentina ha vivido equivocada (“les hicieron creer que…”), el macrismo cumplió las promesas sólo a un sector minoritario del poder económico: bajó las retenciones, liberalizó el mercado cambiario, controló las paritarias salariales a la baja, habilitó un blanqueo impositivo con el que premió a los ricos y atentó contra los derechos de los trabajadores. 

 En la actualidad, el único mensaje oficialista que persiste hacia el resto de la sociedad es el del sacrificio. Renunciar ahora, incluso a necesidades básicas, por un supuesto horizonte de bienestar. Ya lo sabemos: en la historia argentina la postergación de las necesidades populares fue siempre el prefacio de nuevas carencias. Sabemos que el esfuerzo vale en las construcciones inclusivas, no para alimentar la inalcanzable y ya sufrida teoría del derrame. Por eso, las argentinas y los argentinos no estamos equivocados. Equivocado está el gobierno que cree que el desarrollo es la consecuencia natural del sufrimiento económico. 

El discurso gubernamental, hijo dilecto de viejas experiencias conservadoras, afirma que no hay otra alternativa, que hay un solo modelo, un solo tipo de gestión, una sola racionalidad, una única verdad. Estamos convencidos que la salida a este discurso fatalista no puede ser la retirada de la política, la frustración y el desencanto. 
Es necesario reafirmar que hay esperanza, que hay otras posibilidades y caminos que tienen su raíz en nuestra historia reciente y también más lejana, pero que también deben estar hechos de futuro. Una convicción que permita ensanchar la democratización de lo público. Debemos construir mayorías con una nueva promesa de bienestar y felicidad, un compromiso por la libertad y la igualdad. Para eso es necesaria la articulación de la dirigencia y las organizaciones opositoras para respaldar un nuevo programa de desarrollo, que reconozca y proponga una salida política para los dilemas que enfrentamos hace tiempo. No basta con la denuncia del presente. 
Debemos construir imágenes políticas de futuro que vayan más allá de lo económico. Creemos que es necesario trabajar en base a lo mejor de nuestras tradiciones, pero sin plantear regresos a sociedades del siglo XX que no volverán. Como lo demostró el Movimiento de Mujeres, los sueños y las demandas de la sociedad cambian, se mueven, avanzan y nos exigen escuchar con más atención y estar dispuestos a salir de las consignas conocidas y fáciles. 

Las promesas incumplidas del neoliberalismo de construir una sociedad más segura y ordenada, con una economía más productiva y moderna también deben interpelarnos y convocarnos a producir nuevas respuestas. Si la política no ofrece caminos alternativos se corre el peligro de que el vacío se llene con falsas promesas, excluyentes y violentas.

Confiamos en la rica politización de nuestra sociedad para impedirlo y creemos que junto con muchos otros será posible multiplicar los espacios de diálogo para pensar y realizar un futuro donde todos los argentinos y las argentinas tengan lugar. 

 Grupo Fragata Argentina:

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